Escuchar con todo el cuerpo o cómo comer una buena ensalada

Coperfield for Social Good

No sigas leyendo este post si eres de los que se contentan con la típica ensalada que hay en todas partes. Con queso de cabra. Y cóctel de frutos secos. Sigue leyendo si añoras la lechuga-lechuga, el tomate-tomate y la zanahoria-zanahoria. O si todavía crees que alguien te va a entender con ese idioma que hablas.

Ya te lo decía tu madre. También tus profesores. O tu pareja. No me escuchas. Escúchame bien. ¿Me estás escuchando? La cosa podía ir in crescendo en función del nivel de tensión que provocara tu no-escucha. Estás en las nubes. Eres egoísta. Solo piensas en ti. Pues sí. Parte de razón tenían. O seguramente toda.

Y es que todas esas personas, todo ese entorno que te habla, que te dice, que te pide, que te explica, se dirigen a ti solamente por una cosa muy concreta. Y muy sutil. O igual te piensas que con asentir con la cabeza de vez en cuando, o decir que sí, que sí vas a ir a comprar o que no, que no, que no llegarás tarde, es suficiente. Y no, no lo es, nunca es suficiente, porque lo que realmente necesitan y reclaman tus interlocutores es nada más y nada menos que tu atención. Y no se sienten satisfechos con solo un trozo, no. La quieren toda. Enterita.

Y eso no es fácil, la verdad. Porque la atención está directamente relacionada con el interés. Y si realmente la clase de hoy es un tostón, o tu madre se repite más que el ajo, o tu pareja te habla del último restaurante en el que seguro que ponen ensaladas de no-lechuga, pues lo normal es activar ese dispositivo que tenemos todos, ese interruptor mágico que convierte todas esas palabras de ese entorno en una especie de murmullo del que uno se puede alejar tranquilamente y a la vez disimular, haciendo ver que sigues ahí. ¿Pero te has fijado en que no cuela? ¿Te has fijado en que todos esas personas saben realmente que no estás escuchando? De alguna manera detectan que solamente está tu cuerpo. Que tú estás en otra parte. Hablando tu idioma. Que solo se habla en tu planeta. Y que solo entiendes tú.

Así somos, entendemos casi mejor lo que no se nos dice, que lo que nos están diciendo. Y tu madre, tu pareja, tus profesores perciben lo que dices con las manos, con los brazos, con tu mirada, con la posición de tu cabeza, y constatan que no, que no estás ahí. Y es que emitimos un montón de señales de las que no nos damos ni cuenta pero que sí percibimos cuando emitimos un mensaje y esperamos una respuesta. Así de repelentes somos, y exigentes.

El tema está en que la atención se entrena y se practica, como tantas otras cosas. Y lo mejor de todo es que tú decides. Puedes ir tirando sin prestar atención ni a nada ni a nadie. Y seguir solamente con tus cosas, que claro, son lo más importante. Hay un montón de gente que lo hace. Seguramente la mayoría. Y no les va mal.

O también puedes probar. A ver qué pasa.

Si dejas de pensar en tu reunión, en tu partida de pádel o en que tienes que pedir hora al fisio.

Si bajas los brazos y los descruzas.

Si dejas a un lado lo que quieres decir.

Si pasas por alto que ya sabes lo que te van a decir a la siguiente frase.

Si observas atentamente a quien te está hablando.

Si te olvidas de lo que te gusta y de lo que no te gusta.

Si acallas tu mente, tan sabia, tan ágil, tan lista.

Tal vez, solo tal vez, empieces a dejar de escucharte solo a ti y puedas empezar a tener la otra parte de la historia. Una historia que vives a diario con tu madre, con tu pareja, con tus profesores o incluso con ese camarero, sí, ese, que te está explicando detenidamente todos los ingredientes de la ensalada. Y si tú hubieras estado aquí, poniendo toda tu atención en este preciso y precioso instante, habrías escuchado que la ensalada que acabas de pedir, por pedir algo, es de no-lechuga. Y lleva queso de cabra. Y cóctel de frutos secos. Muchos frutos secos.

Tu sabrás.

¿Y tú escuchas con todo el cuerpo?

Nosotros sí y sabemos cómo entrenar la atención, contáctanos AQUÍ. ¡Te escucharemos!

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